El Hilo
En una casona de Valparaíso, Oli tira de un hilo azul mágico y abre una puerta hacia el futuro.
Texto: Hernán López
Ilustraciones: Olivia Court Mesa

Había una vez una niña llamada Oli, a la que le encantaba pasar los veranos en la casa de su abuela en Valparaíso. La casa era un laberinto de madera encaramado en lo alto de un cerro, llena de pasillos estrechos y ventanas que miraban al mar embravecido.

A la abuela de Oli no le gustaba mucho subir y bajar las escaleras cada vez que alguien llamaba a la puerta principal, que estaba varios niveles más abajo. Por eso, había inventado un sistema genial: ató un largo hilo de pescar de color azul transparente a la cerradura de la entrada. El hilo subía por la baranda, doblaba por el pasillo y llegaba justo al lado de la cama de Oli. Cuando sonaba el timbre, solo hacía falta tirar con fuerza del hilo para que la puerta de abajo se abriera de par en par.

Una tarde de sol brillante y viento fuerte, Oli se quedó sola en su habitación escuchando el crujido de la madera. De repente, sintió una curiosidad extraña. Nadie había tocado el timbre, pero el hilo azul parecía brillar con una luz inusual, como si estuviera tenso, esperando algo. Oli se sentó en el suelo, tomó el hilo entre sus manos y tiró de él con decisión. Abajo, se escuchó el familiar clic de la cerradura.

Oli bajó corriendo las escaleras para ver quién había llegado. Al abrir del todo la gran puerta de madera, no vio el cerro empinado ni los adoquines de Valparaíso. En su lugar, se asomó a una habitación enorme y luminosa, con paredes de cristal flotantes y pantallas transparentes que mostraban mapas de estrellas.

Sentada frente a un escritorio de líneas rectas, había una mujer de cabello largo y rubio, vestida con un traje deportivo, que escribía concentrada en un aparato con una pantalla de luz.

La mujer se dio vuelta al escuchar el chirrido de la puerta. Al ver a la pequeña Oli, sus ojos se abrieron de par en par con una mezcla de sorpresa y ternura. No se asustó; al contrario, sonrió con una familiaridad absoluta. —No dejes ir el hilo, pequeña —dijo la mujer con una voz suave que a Oli le resultó extrañamente conocida. Oli miró hacia abajo y vio que todavía sostenía el extremo del hilo azul, el cual se extendía mágicamente a través del umbral del tiempo, conectando la alfombra vieja de la abuela con el suelo flotante de ese lugar del futuro.

—¿Quién eres tú? —preguntó Oli, parpadeando con asombro. —Soy Olivia, —respondió la mujer, levantándose y acercándose al umbral sin llegar a cruzarlo—. Justo ahora estaba atrapada en un problema muy difícil del trabajo y decidí tomarme un descanso. Me puse a recordar las tardes de verano en Valparaíso, el olor a mar, las empanadas de la abuela... y sobre todo, ese hilo mágico con el que abríamos la puerta desde lejos. Recordar ese hilo me hizo sentir tan feliz y segura que, de alguna manera, abrió una puerta en mi mente... y parece que también en el tiempo.

Olivia miró con nostalgia la casa de la abuela que se vislumbraba detrás de la niña. Oli, la pequeña, miró fascinada un amplio salón de baile y las ventanas que daban a una ciudad llena de árboles.

—¿Eres bailarina? —preguntó la niña con los ojos brillantes. —Si , querida —Cuando tenía tu edad soñaba con girar siguiendo el movimiento del viento sobre el mar, es así porque nunca olvidé como el viento hacía música cuando envolvía la vieja casona de la abuela- Ahora regresa, que la abuela no tardará en volver del mercado.

Olivia asintió, le dio una última sonrisa a la otra Olivia y soltó suavemente el hilo. En ese mismo instante, la puerta se cerró con un golpe seco. Al volver a abrirla de inmediato, Oli solo vio la calle empinada de Valparaíso, los gatos paseando por los techos de colores y el sonido lejano del viento y de las gaviotas.

Feliz se fue al salón de la casa a bailar, girando y girando como si fuera una bailarina en el tiempo.
FIN.