Sara y las Letras
Un viaje mágico al corazón del abecedario, donde cada letra cuenta una aventura inolvidable.
Texto: Hernán López
Ilustraciones: Yael Camhi

Cada sábado por la mañana, cuando la ciudad recién se levantaba, Sara se ponía su abrigo y tomaba la mano de su papá, Marcos. Caminaban juntos por las calles del centro de Santiago hasta llegar a la sinagoga antigua alemana, en la Avenida Matta. Edificio de puertas de madera y ventanas altas.

Sara tenía ocho años y era la única niña en ese lugar lleno de hombres. Su padre había tenido un arduo trabajo en convencer al rabino de permitirle entrar a la zona de los hombres, Marcos insistió que era su única hija y debía aprender a rezar.

Al principio, todo le parecía extraño: los susurros, los cantos en un idioma que no entendía y los libros con letras que parecían dibujos misteriosos. Pero al poco tiempo notó algo curioso, en los momentos en que la concentración era mayor y los rezos sonaban más profundos, las personas seguían con sus cuerpos el ritmo de la oración y las letras empezaban a moverse.

—Papá —susurró un día—, las letras del sidur se mueven. Marcos sonrió, y le dijo asertivo, concéntrate Sara , mientras más entres en el rezo más las letras se moverán alrededor tuyo dijo con tono festivo.

Coincidió todo porque ese día al final del rezo se acercó el rabino y le dio un regalo, un sidur, un libro de rezos, solo para ella. Toma Sara, guárdalo bien, toda mujer judía debe tener su propio sidur

Luego del servicio, se fue a la casa del primo de papá a almorzar, como hacían todos los sábados con el corazón hinchado de felicidad. Sara miró el sidur con curiosidad. Las letras le parecían pequeñas puertas cerradas.

Un sábado, al terminar el rezo, el rabino se acercó a ella. Tenía barba blanca y ojos amables.
—He visto que observas con mucha atención —le dijo—. Creo que este libro quiere ser tu amigo.
— Rabino, le susurro divertida, las letras se mueven.
Sara lo tomó con cuidado, como si fuera un tesoro. Las letras seguían siendo extrañas, pero ya no le daban miedo.

Ese mismo día, al volver a casa, se sentó junto a su papá. —¿Me enseñas? —le pidió. Marcos asintió. Y así comenzaron.

Cada tarde, Sara abría su libro. Aprendió que una letra se llamaba alef, otra bet, otra gimel. Al principio se equivocaba mucho. A veces las letras se le mezclaban como si jugaran a esconderse. Pero Sara no se rendía. —Otra vez —decía. Y poco a poco, las letras dejaron de ser dibujos misteriosos. Empezaron a formar sonidos. Luego palabras. Y después, oraciones completas. Los sábados ya no eran silenciosos para ella. Ahora podía seguir los rezos, leer en voz baja y entender, aunque fuera un poquito, lo que decía.

Los años pasaron. Sara creció. Su vida cambió, como cambian todas las vidas. Un día, junto a su familia, emprendió un largo viaje hasta Israel, un país nuevo lleno de historias antiguas. Allí, todo estaba en hebreo: los carteles, los libros, las calles.

El primer día de clases, la maestra escribió palabras en la pizarra. Otros niños miraban con esfuerzo, intentando reconocer las letras. Pero Sara abrió los ojos con sorpresa. —Yo conozco esto— susurró. Las letras no eran nuevas. Eran viejas amigas. Eran las mismas que había visto en la sinagoga, las mismas que había aprendido con su papá, las mismas que estaban en aquel pequeño libro que el rabino le regaló.

Sara empezó a leer. Despacio al principio… y luego cada vez con más seguridad. La maestra la miró sorprendida. —¿Dónde aprendiste? Sara sonrió. —Hace mucho tiempo… en un lugar muy especial.

Esa noche, Sara pensó en todo lo que había pasado. En su abrigo azul, en los sábados por la mañana, en la voz de su papá, en el rabino y su regalo. Y entendió algo importante: A veces, las cosas que aprendemos de pequeños se quedan dormidas dentro de nosotros… esperando el momento perfecto para despertar. Y cuando lo hacen, nos ayudan a encontrar nuestro camino.
FIN.